Recuerdos unos más claros que otros que se mezclan mientras paseas como un ciudadano más, cruzándote con gente muy variopinta, desde los más elegantes ejecutivos de clase alta, hasta los mendigos que piden e incluso te intimidan. Pero sabes adónde vas y de dónde vienes, porque tienes sus calles y memorias grabadas en tu cabeza.
Calle S. Eugenio, su oscuridad y sus edificios antigüos siguen emocionándote, la de veces que has pasado y seguirás pasando por ahí, donde habita ahora una pequeña luz que se va apagando poco a poco pero que todavía le queda algo de fuerza y en forma de calor te transmite su agradecimiento y cariño, que percibes con sólo estar allí presente.
Patatas artesanas, restaurante de comidas familiares, por la calle Moratín recuerdas otro almuerzo casero. El paseo del Prado sigue impresionando como siempre, y una lección de arte nunca viene mal. Paseo por el Retiro obligatorio.
Sol, Preciados y la Gran vía pasando antes por Callao te inspiran esa sensación que no sabes explicar, estás en casa, quizás en tu futura casa. El bullicio de gente sigue cruzándote, y entre muchos agentes de seguridad puedes ver culturas y diferentes formas de ver la vida alrededor. La calle Fuencarral y su intento de Candem, Madrid y sus calles pequeñas que suben y bajan, algo sucias, y la Plaza España, a la que llegas sin pensarlo.
La Plaza Mayor sigue regalándote recuerdos, casi imperceptibles, pero sabes que están allí. La catedral de la Almudena y el Palacio Real asoman bajo un sol espléndido y primaveral que disfrutas, como siempre, de la mejor compañía.
Y aunque crees que viajando puedes huír, te das cuenta de que no, pero se pasa más ameno estando allí, al abrigo de la nada y el todo, con el silencio, los cafés, la compañía y los tallarines, sobretodo los tallarines (calientes, con tomate y tolo). Una cosa: la tularansia, and tonight we gon be hit on the floor.




Hasta la próxima, Madrid.
las ocho!!si todo lo que necesito es una boca
Fabiolo.
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