Me encuentro en un angar, una nave muy grande acristalada con un grupo de personas. No sé quiénes son ni qué hacemos allí, pero todo comienza cuando un coche se estrella contra una de las paredes. Los cristales vuelan por doquier y comienza el terror y la huída, todos corremos sin dirección fijada buscando un lugar en el que no ser alcanzados por los terroristas.
Ahora estoy en la calle, ha oscurecido y hay barro por todas partes, con pequeñas casas a los lados y unos coches aparcados. Corro, huyo, grito, lloro, con un grupo de chicos huyendo de los gritos, el humo y las luces provenientes de los disparos. Los cristales procedentes de la explosión se me van incrustando en los ojos. Estamos rodeados, tanto delante nuestro como detrás nos persiguen subidos a unos coches y disparándonos. Finalmente nos cobijamos bajo un coche porque no hay otra alternativa, y parece que por el momento todo pasa.
Ahora estoy en mi casa con mi padre, el edificio ha sido atacado y las casas de los vecinos están completamente deshabitadas, seguramente ellos muertos; pero la nuestra está intacta y parece que estamos a salvo. Yo sigo con los ojos y la cara completamente enrrojecidos, pero estamos contentos porque estamos salvados, parece que todo haya pasado. Pero esa calma se termine muy pronto cuando miro por la mirilla de la puerta y el terror vuelve a mí en su estado más elevado: el líder de los terroristas y causante de toda esa desgracia está a pocos centímetros de mi. No se le visualizan los rasgos porque lleva un turbante en la cabeza y viste harapos. Intento no hacer ruido, pero siento que él nota nuestra presencia al otro lado de la puerta, como si pudiera oír cada ritmo de nuestra respiración y nuestro corazón, que se ha acelerado debido al pavor. Sé que es el final, estamos perdidos, todo acabará aquí y en pocos segundos.
Y me despierto.
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